17 Jun. 2011

El presidente Lacalle comienza su retiro del ruedo

Oscar A. Bottinelli – Diálogo con Fernando Vilar

Radiocero y Radio Monte Carlo

Lacalle llega al gobierno como un gran removedor del pensamiento político de los uruguayos [...] Un referéndum en forma categórica (7 a 3) dio por tierra con la ley madre de desestatización [y afirmó] con todo su vigor los valores estatistas predominantes en la sociedad uruguaya Sin embargo, se observa que allí comenzaron muchos cambios que algunos en forma tenue y otros en forma más acelerada, se mantienen hasta hoy


OAB: El sábado el doctor Luis Alberto Lacalle renunció a la Presidencia del Directorio del Partido Nacional y anunció que no aspirará a la candidatura presidencial en 2014. Esto es un hito en el proceso político nacional. Este retiro comienza pocos días antes de cumplir los 70 años de edad y llegará a las próximas elecciones cuando todavía esté sin cumplir los 75. Cabe destacar que Lacalle es casi un año menor que Tabaré Vázquez y que Danilo Astori. Ocurre que llegó a la Presidencia de la República hace 20 años, pero lo hizo muy joven, con 48 años de edad. En la historia del Uruguay, fue el único presidente de la República del partido blanco elegido directamente por el pueblo. La colectividad blanca en su siglo y tres cuarto de existencia tuvo cuatro presidentes de la República titulares; pero los otros tres (Oribe, Giró y Berro), todos en el siglo XIX, fueron elegidos por el Parlamento y no directamente por la ciudadanía. Y en el siglo XX tuvo además de Lacalle otros nueve presidentes, pero del consejo nacional, del Poder Ejecutivo colegiado -uno de los cuales su propio abuelo, el legendario caudillo Luis Alberto de Herrera- pero ninguno propiamente presidente de la República.

FV: ¿Qué se puede resaltar del gobierno de Lacalle, entre 1990 y 1995?

OAB: Lacalle llega al gobierno como un gran removedor del pensamiento político de los uruguayos, en una línea relativamente similar a la enarbolada en el coloradismo por Jorge Batlle. La elección de 1989, en que ambos fueron los contendientes principales, marcó el auge en el país de la gran revolución del liberalismo económico, el gran empuje de la doctrina revivida del pleno libre mercado. Pareció que el país daba el giro que paralelamente daba Argentina con Carlos Menem o antes lo habían dado Estados Unidos con Ronald Reagan o el Reino Unido con Margaret Tatcher. Hubo quizás una lectura prematura de la temperatura de la sociedad, que llevó a Lacalle a impulsar un ritmo de reformas de difícil asimilación para el grueso de los uruguayos. Así fue que en diciembre de 1992 un referéndum en forma categórica (7 a 3) dio por tierra con la ley madre de desestatización. En ese referéndum emergió con todo su vigor lo que podemos llamar los valores socialdemócratas o estatistas o protectivos predominantes en la sociedad uruguaya; lo que en forma muy simplificada y no del todo exacta se denomina “el Uruguay batllista”. Allí se frenó sin duda un proceso central de privatización de empresas públicas.

FV: Entonces ¿allí se frenó ese proceso de liberalización económica?

OAB: Es claro que Uruguay reafirmó su fuerte adhesión al papel central del Estado. Sin embargo, se observa que allí comenzaron muchos cambios que algunos en forma tenue y otros en forma más acelerada, se mantienen hasta hoy. Por un lado, las privatizaciones periféricas en el Estado, es decir la tercerización o externalización de servicios; junto a la privatización de áreas menores o de empresas públicas de menor porte, como el caso de Pluna.

Por otro lado, La disminución del papel del Estado al abrirse muchas empresas públicas a la competencia, como por ejemplo los casos del Banco de Seguros del Estado (BSE) en materia de automotores, el de los alcoholes de Ancap o las llamadas internacionales de Antel. O el surgimiento de nuevas actividades estatales en régimen de competencia, como la telefonía celular o los fondos de ahorro previsional (las AFAP)

FV: ¿Es esto todo lo que queda de aquél impulso o hay más cosas?

OAB: Hay más cosas. Algunos elementos clave de las políticas impulsadas en aquel tiempo –muchas de ellas basadas en lo que se ha llamado el Consenso de Washington, que marcó las pautas de estos procesos liberalizadores– sobreviven hoy como axiomas o como prácticas dominantes. Sobreviven entre otros razones porque no fue solo Lacalle ni solo el Partido Nacional, sino que pensamiento similar hubo en el Partido Colorado, particularmente con Jorge Batlle; pero también Sanguinetti –hombre muy fuertemente seguidor del batllismo tradicional- tomó elementos del libre mercado, y también el gobierno anterior y el actual, ambos del Frente Amplio.

FV: ¿Cuáles son las cosas que sobreviven?

OAB: Mencionemos siete:

Uno, el concepto de apertura de la economía y el fin del ideario dominante del proteccionismo económico, que a su vez se expresa en dos ítems: la liberalización del comercio exterior y la libertad de la entrada de inversiones extranjeras directas.

Dos, el papel dominante de la libre competencia, al punto que en el pasado período de gobierno se aprobó una ley, con el voto completo del Frente Amplio (FA), que establece como propósito fomentar el bienestar de los actuales y futuros consumidores a través de la promoción y defensa de la competencia, y establece el principio de que todos los mercados estarán regidos por los principios y reglas de la libre competencia.

Tres, la liberación de las tasas de interés, que ya venían de bastante tiempo atrás.

Cuatro, la disciplina fiscal; es decir, la búsqueda del menor déficit fiscal posible o del déficit fiscal controlado, axioma no necesariamente cumplido por los diferentes gobiernos aunque siempre enunciado. Y lo que se llama –así lo llamó el presidente Mujica– ortodoxia fiscal.

Cinco, el objetivo de contención de la inflación; la inflación como un mal y la necesidad de contenerla. Eso fue proclamado con mucha fuerza hace dos décadas, ya venía manejándose el tema un tiempo atrás, y sin duda fue un objetivo central de todos los gobiernos, incluidos el anterior y el actual.

Seis, la necesidad de la reforma del Estado, que en 18 años ha avanzado en forma muy despareja: muy fuerte en las empresas del Estado y en algunos organismos como el Banco de Previsión Social (BPS), muy lento, en general, en el grueso de la administración central.

Y por último, un elemento que ha sobrevivido o reaparecido, que fue denunciado por las cámaras empresariales, es lo que podemos llamar la sobrevaluación del peso uruguayo o atraso cambiario.

FV: ¿Cuáles son las conclusiones más importantes de todo esto?

OAB: Todo ello lleva a que el análisis del Luis Alberto Lacalle gobernante e ideólogo todavía no pueda analizarse hasta que transcurra más tiempo. Pero sin duda hoy ya se ve que dejó una impronta en cambios del país mucho mayor a lo que se podía imaginar al final de su gobierno. Aclaremos, esta impronta y estos cambios pueden ser vistos como positivos por unos y como negativos por otro. Esa es otra cuestión. Lo que importa es señalar qué es lo que queda y qué es lo que no queda, independiente de que a cada uno le guste o le disguste. Así son los análisis

FV: ¿Y qué pasa de ahora en adelante? ¿Cuál va a sr su papel?

OAB: Ahora viene el tiempo del hombre que como Fraga Iribarne primero y José María Aznar luego, en España, en el Partido Popular, dejaron la conducción partidaria para influir en el campo de los programas, las ideas, la visión de país. Y también en el consejo político, con la distancia para ver las cosas que permite estar fuera del ruego. Lacalle ya empezó este camino el año pasado, y lo continúa este año, y seguramente lo seguirá bastante tiempo más, al realizar todos los meses una larga exposición en el Senado, cada una de ellas enfocada a observar aspectos del país, analizar problemas de la sociedad y señalar a veces los caminos y en otros casos marcar las dudas y las necesidades de reflexión conjunta.

FV: ¿Quedan cosas sin abordar?

OAB: Muchas. Quedan muchas cosas en el tintero. Por ejemplo, analizar al líder político, controvertido, que despertó grandes adhesiones y formidables oposiciones. Lo interesante es observar el carácter cíclico, de subas y bajas, de su liderazgo. Triunfa dentro del nacionalismo en 1989, pierde en 1994, triunfa en 1999, pierde en 2004 y vuelve a triunfar en 2009. Fue una y una elección tras elección. Y siempre estuvo allí.

Y falta analizar otras cosas más: El derrotero político de Lacalle y de las oposiciones a Lacalle que marcan la vida de dos décadas del nacionalismo. El por qué él asocia el anuncio de su no presentación como candidato presidencial con la renuncia al Directorio partidario. Y naturalmente queda por analizar, largo análisis, el Partido Nacional de ahora en adelante.