19 Jun. 2011

Un relevante paso al costado

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Un líder controversial tiene como efecto dividir las aguas en forma tajante sin que quepan espacios intermedios [...] Su retiro del ruego [de Lacalle] deja abiertas varias interrogantes: ¿Qué pasa con la alianza partidaria que conformó? ¿Qué pasa con Francisco Gallinal y su Correntada? ¿Qué figuras despuntan? ¿Qué pasa con el anti-lacallismo y el liderazgo de Larrañaga? ¿Qué pasa con el propio Lacalle?


Un líder controversial tiene como efecto dividir las aguas en forma tajante sin que quepan espacios intermedios. Podrá haber trasvasamiento de gente en su favor o en su contra -generalmente al compás de los vientos más propicios para los trasvasantes, o que a veces en el error creen ser lo más propios- pero no caben espacios intermedios, terceras posiciones. Así ocurrió durante lustro y medio con Néstor Kirchner en Argentina, así ocurre desde hace casi dos décadas con Silvio Berlusconi en Italia y así termina de ocurrir (en un proceso de algo más de dos décadas) con Luis Alberto Lacalle aquí en Uruguay, y en especial dentro del Partido Nacional.

La desaparición de líderes de estas características y este porte lleva siempre a una pregunta: y ahora quién queda a quien odiar. Porque el odio, rechazo, controversia o confrontación con un líder opera muchas veces como el factor único o principal de amalgamiento. En Italia, la oposición a Berlusconi llevó a conformar una alianza de amplio espectro (1996, l’Unione) que iba desde una izquierda comunista clásica u otra izquierda posmoderna, hasta un centro derecha confesional. Dicho en términos uruguayos, es como si una misma alianza comprendiese desde Asamblea Popular hasta segmentos del herrerismo. Ganó las elecciones y no funcionó, porque no basta rechazar a alguien para tener capacidad y orientación de gobierno. Tampoco ese amplísimo centro izquierda italiano logró un liderazgo alternativo, tras ensayar con figuras como Francesco Rutelli, Romano Prodi y Walter Veltroni. Rechazar a Berlusconi no es por sí solo un programa de gobierno y sin liderazgos propios –individuales o colectivos- son una alternativa. Berlusconi fue un jugador cíclico: ganó en 1994, perdió en 1996, ganó en 2001, perdió en 2006, volvió a ganar en 2008 y ahora –a mitad de periodo- cosecha una sucesión de derrotas: elecciones administrativas, referendos.

En Argentina el kirchnerismo vio juntarse en su contra a un espectro amplísimo dentro y fuera del justicialismo. Así se conformó un peronismo federal con figuras desde el centro izquierda a la más nítida derecha autoritaria, y corrientes no peronistas desde diversas concepciones de izquierda hasta del liberalismo económico revivido. Néstor Kirchner fue vencido, por milímetros, en su última presentación electoral en la Provincia de Buenos Aires, y ese triunfo opositor galvanizó los planes alternativos al kirchnerismo. Fue su única derrota, porque su muerte dejó abierto el qué hubiera pasado. Alianzas, planes, proyectos que con inusitada velocidad estallaron o se desvanecieron una vez muerto el objeto del odio. Porque en la oposición tanto a Berlusconi como a Kirchner el sentimiento prevaleciente es o era de odio, no de mera controversia o discrepancia.

Luis Alberto Lacalle emerge al estrellato hacia el fin de una arquitectura interior del nacionalismo, marcada por el protagonismo de los movimientos Por la Patria, Nacional de Rocha y el nuevo herrerismo (reconstruido por el propio Lacalle). Y se proyecta en una nueva arquitectura, con permanentes cambios en su forma pero invariable en la sustancia: de un lado el lacallismo, del otro sus adversarios. Al igual que Berlusconi, ganó y perdió en forma cíclica. En la competencia al interior del nacionalismo ganó en 1989, perdió en 1994, ganó en 1999, perdió en 2004 y ganó la última batalla que decidió dar en 2009. Porque hace una semana anunció su retiro de la competencia presidencial y también la Presidencia del Directorio partidario.

Su retiro del ruego deja abiertas varias interrogantes, de las que cabe señalar tres. Una es qué pasa con la alianza partidaria que conformó, esencialmente constituida por el herrerismo (en sus diversas agrupaciones, estructuras y marcas) y Correntada Wilsonista. Esta alianza ¿se mantiene, se fractura, se recombina? ¿Qué pasa con Francisco Gallinal y su Correntada? ¿Qué figuras despuntan? La sucesión en la Presidencia del Directorio la asume uno de los decanos del Parlamento uruguayo, que ya incursionó en aspiraciones presidenciales: el senador Luis Alberto Heber. Pero hay otras figuras en danza, de mayor o menor antigüedad, con diferentes perfiles y estilos, pero el común denominador de renovación general. Entre ellos, su propio y pujante hijo, Luis Lacalle Pou. Otra interrogante es qué pasa con el anti-lacallismo y el liderazgo de Larrañaga. Porque a diferencia de lo ocurrido en Italia y en Argentina, luego de dos ensayos de liderazgos alternativo que no permanecieron (Alberto Volonté, Juan Andrés Ramírez) surgió hace una década el liderazgo de Jorge Larrañaga, que ganó y perdió una y una con Lacalle, y en este momento las encuestas le daban cierto predominio, pero en particular registraban la creencia ciudadana en la inexorabilidad de su candidatura presidencial, de la candidatura única del nacionalismo. Este retiro le es a su vez una gran oportunidad y un gran desafío, pues queda muy despegado de todo posible competidor a la vista, pero a la vez ahora depende de sí propio, de su propia capacidad de convocatoria, ya que desaparece el elemento amalgamante de la oposición a Lacalle.

Y una tercera interrogante es qué pasa con el propio Lacalle. Porque se retira de la competencia electoral principal y de la conducción partidaria a una edad relativamente joven, como que es menor que aspirantes presidenciales hacia 2014 como el ex presidente Tabaré Vázquez o el vicepresidente Danilo Astori. Y es el menor de todos los que han ocupado la Presidencia de la República desde la restauración democrática. Lacalle adquiere el peso que da su papel de ex presidente, su experiencia de gobernante y de líder político, de estadista, pero también la fuerza que da el no estar en la competencia sino fuera de ella. El poder mirar las cosas con mayor distancia, pero a su vez el que sus palabras sean recibidas con menos recelo, pues no proviene de alguien que ahora pasa a no ser adversario de nadie, sino posible consejero de todos. Aunque cabe esperar, por sangre y temperamento, que haga guiñadas y de señales a favor de algunos y en contra de otros, como hacen todos los líderes.