06 Ene. 2013

Confusiones de juego institucional

Oscar A. Bottinelli

El Observador

En la lógica no solo formal sino sustantiva del sistema político uruguayo, el presidente no es más que un primus interpares del juego de poder, el cual lo tiene acotado por la necesidad de acuerdo con partidos y sectores. [...] El juego sectorial es visto muchas veces como una patología y sin embargo es la riqueza que exhibe el complejo sistema político uruguayo.


Hace poco, a raíz de los hechos relacionados con Pluna, dirigentes opositores pidieron la renuncia del presidente del Banco República. El vicepresidente de la República descalificó el pedido con la afirmación de que la continuidad del jerarca es decisión exclusiva del presidente de la República. Lo realmente destacado, desde el punto de vista del juego político, es que reveló ideas y dificultades particularmente fuertes en el Frente Amplio en el entendimiento de la ingeniería de gobierno. No es una dificultad específica de quien emitió la opinión, sino que su opinión es paradigmática a nivel del Frente Amplio1.

Primero que todo lo formal. El presidente de la República no puede por sí destituir a ningún presidente ni jerarca de ente autónomo o descentralizado. El que puede iniciar un proceso de destitución –no destituir- no es el presidente de la República sino el Poder Ejecutivo, vale decir, el presidente actuando con uno o varios ministros o con el Consejo de Ministros. Pero la decisión final es de la Cámara de Senadores. En circunstancias específicas y debidamente fundadas el Poder Ejecutivo, actuando en Consejo de Ministros, puede remplazar transitoriamente a los miembros de los entes cuya destitución se solicitó y hasta tanto se pronuncie el Senado. Ese remplazo transitorio debe necesariamente disponerlo el Consejo de Ministros y solo puede durar hasta que se pronuncie en definitiva la cámara alta; y el remplazo solo puede hacerse con directores de otros entes, es decir, con personas que ya obtuvieron una venia senatorial.

A la inversa, desde el Parlamento se puede pedir la remoción de presidentes o directores de entes, por considerar que hay ineptitud, omisión o delito, o por actos que merecieren ser observados. Si el Poder Ejecutivo no inicia los pasos de remoción, con el consiguiente pedido de venia al Senado, cualquiera de las ramas parlamentarias puede poner en marcha el instituto de la censura ministerial. En todo el sistema político predominan visiones erróneas de la arquitectura institucional del Uruguay, pero esas visiones son mucho más fuertes y generalizadas en el Frente Amplio hoy (porque no lo fueron en el pasado, con total certeza no había ninguna confusión hace un par de décadas). Si no se comprende bien la lógica institucional, entonces no se puede entender que entra en esa lógica que la oposición pida la renuncia de quien quiera pedirla. El problema entonces es de fondo y no de forma: si se considera que esa persona está actuando bien o mal; lo que no puede discutirse es el derecho parlamentario a incidir en el tema.

Esto se asocia a otra dificultad que tiene el Frente Amplio en el gobierno, como lo es la administración del juego sectorial. Existe de manera muy firme una concepción cuasi monárquica (monárquica absoluta, mayestática) del papel del presidente de la República, precisamente a contrario de la más vieja tradición de izquierda, que llegó a rechazar que los partidos tuviesen presidente y en vez de ello secretario general, y cuando la palabra secretario general adquirió un tinte presidencial, pasó a ser sustituida por la de coordinador. En los hechos, al presidente de la República (a éste, al anterior, al futuro) se lo ve como Su Majestad el Compañero Coordinador. Corresponde aclarar que a nivel societal la visión mayestática de la presidencia de la República está muy extendida y bastante en los niveles dirigentes de los otros partidos, aunque no con la fuerza que lo está en la izquierda.

Es que en la lógica no solo formal sino sustantiva del sistema político uruguayo, el presidente no es más que un primus interpares del juego de poder, el cual lo tiene acotado por la necesidad de acuerdo con partidos y sectores. Los partidos tradicionales tienen una gran práctica en materia de acuerdos y negociación, no sólo porque no tuvieron mayoría parlamentaria en los últimos años, sino porque cuando la tenían los partidos no eran monolíticos y tenían la necesidad de negociar. Cabe recordar el juego de La 14 con La 15 en el Partido Colorado, el del Herrerismo con la UBD en el Partido Nacional. Y esa capacidad de negociación les permitía tanto llegar a acuerdos dentro del partido como con el partido de enfrente. Saber negociar como parte de la función política.

En cambio, el Frente llegó al poder con mayoría absoluta y ello le dio la idea de que no necesita negociar. Pero no solo hacia afuera sino tampoco hacia adentro. Hacia adentro hay negociación en el plano legislativo, es decir, en cuanto al dictado de leyes, pero no se considera que deba negociarse en el plano ejecutivo, de las decisiones del Poder Ejecutivo o aún a veces en la propia composición del Poder Ejecutivo. Esto se demostró con el relevo en el Ministerio de Turismo, en que la fracción titular de la cartera no fue consultada y se encontró ante un hecho consumado.

Los partidos tradicionales tienen un juego intersectorial muy aceitado y desde la terminación del bipartidismo han logrado desarrollar un juego muy afinado entre lo sectorial y lo partidario, en cómo diferenciar lo sectorial sin afectar lo partidario. Le costó muchísimo llegar a esa lógica al Partido Nacional y le dificultó mucho al Partido Colorado retomar una lógica que manejaba muy bien en los años veinte como en los cuarenta y que perdió en los cincuenta. A la inversa, el Frente Amplio nació con el desarrollo de una muy afinada combinación del juego sectorial abierto y competitivo en combinación con un sólido juego partidario, y esas habilidades las fue perdiendo a medida que adquirió espacios de administración, y las afectó singularmente a partir de la conquista del gobierno nacional.

El juego sectorial es visto muchas veces como una patología y sin embargo es la riqueza que exhibe el complejo sistema político uruguayo. Los electores a veces no comprenden un juego que les parece de pequeñas ambiciones, pero luego reclaman matices a la hora de votar. Y el peso de cada matiz es fundamental en el juego político.


1 Ver ¿Qué sentido tiene votar listas?.