20 Set. 2013

En Montevideo nace un bipartidismo

Oscar A. Bottinelli – Diálogo con Fernando Vilar

Radiocero y Radio Monte Carlo

Prácticamente es un hecho la conformación de un nuevo partido para disputar el gobierno departamental de Montevideo. [...] La unión de blancos y colorados que se plantea para Montevideo, existió también en el plano electoral en el balotaje de 1999 para llevar a Jorge Batlle a la Presidencia de la República. [...] Hay pues razones y fundamentos que pueden apuntar a un nuevo bipartidismo. 


OAB: Prácticamente es un hecho la conformación de un nuevo partido para disputar el gobierno departamental de Montevideo. A las elecciones capitalinas del 10 de mayo de 2015 los blancos y colorados concurrirán bajo un solo lema, probablemente con doble o triple candidatura. Este es un hecho novedoso en la historia del Uruguay, que puede analizarse de dos maneras: en forma puntual, el acuerdo para las próximas elecciones departamentales montevideanas, o con prospectiva, como un punto de alta significación en la historia del sistema político uruguayo.

FV: ¿Y por dónde vas a encarar el análisis?

OAB: Preferimos ir por el último camino. Salir de la anécdota, de lo coyuntural y ver las cosas en el largo tiempo. Hasta hace poco más de cuatro décadas, y por cerca de un siglo y medio, Uruguay fue uno de los escasos casos típicos de sistema bipartidista. En la literatura politológica en el mundo los casos siempre más señalados de bipartidismo de larga duración han sido los de Gran Bretaña, Estados Unidos, Colombia y Uruguay.

El bipartidismo oriental traza sus primeras líneas en torno a 1825, con la división entre los seguidores de Fructuoso Rivera y de Juan Antonio Lavalleja, y se consolida formalmente en 1836 en torno a la divisa colorada y la divisa blanca, acaudilladas respectivamente por Rivera y por Manuel Oribe. De entonces a poco de llegar al último tercio del siglo XX, el eje blanco-colorado marca la historia del país. El definirse como blanco o o colorado fue mucho más fuerte que una adhesión electoral, o de una adhesión partidaria puntual. No significaba estar con un partido, sino ser de ese partido, ser blanco o ser colorado. Es una definición de pertenencia y de identidad de la persona. Luego aparecerá otra pertenencia, tan fuerte como las dos fundacionales: el ser frenteamplista.

Los dos partidos no siempre funcionaron como tales, siempre tuvieron corrientes muy fuertes y muy estructuradas. Muchas veces una corriente blanca estuvo más cerca de una corriente colorada, que de la otra corriente blanca. Y a la inversa. El tiempo más nítido fue el periodo de Gabriel Terra, donde herreristas y colorados independientes sostenían el gobierno de Terra, y donde blancos independientes y batlllistas constituían lo principal de la oposición.

Hay que aclarar que bipartidismo no quiere decir que hay solo dos partidos, sino que son los partidos que dominan el panorama político del país, que están por encima del 80% del electorado o de las bancas. Blancos y colorados sumados, salvo en las elecciones de 1946 estuvieron en torno al o por encima del 90%. 

FV: ¿Y hasta cuándo dura con claridad el bipartidismo original del Uruguay?

OAB: Ese bipartidismo que viene de la profundidad de nuestra historia queda amenazado con el surgimiento del Frente Amplio en 1971, cuando los partidos tradicionales bajan al entorno del 80%. En 1989 viene un nueva caída de ambos a poco más del 70% y cinco años después se produce el triple empate: entre el Partido Colorado y el Frente Amplio, del primero al tercero, hay solo 1,7 puntos de distancia; y en el medio está el Partido Nacional. Se llegó al tripartidismo perfecto.

Ahí se abrió una incógnita: si en Uruguay se consolidaba el tripartidismo o se caminaba a un nuevo bipartidismo. La reforma constitucional de 1996 tuvo como uno de sus objetivos estratégicos el sostener el tripartidismo, y en particular darle espacio a los dos partidos tradicionales, evitando que uno ahogase al otro. Sin embargo, en 1999 el Frente Amplio se sitúa en torno al 40% y Vázquez en el balotaje alcanza el 45%. El tripartidismo entonces no aparece como un proyecto de futuro, sino queda como una etapa entre un bipartidismo y otro bipartidismo en el futuro. Luego vienen las elecciones de 2004 y 2009, que ya muestran al país dividido en dos mitades, o en dos partes más o menos parejas: de un lado el Frente Amplio, del otro ambos partidos tradicionales.

La existencia del balotaje permite evitar ir rápidamente a un bipartidismo a nivel nacional, pero a nivel departamental juega el viejo sistema de mayoría relativa, de quien el lema que tiene más votos gana y además se lleva la mayoría absoluta de la Junta Departamental. Este elemento del sistema de gobierno empuja al bipartidismo.

FV: Hasta aquí has manejado las consecuencias del sistema político, del sistema de gobierno y del sistema electoral ¿Hay otro ángulo?

OAB: Vamos a ir a lo conceptual ideológico o valorativo. Ambos partidos tradicionales responden a visiones diferenciadas de la vida del país y en particular de su historia, y expresan culturas políticas distintas. Sin embargo, se observa que hay muchos más puntos de vista en común entre blancos y colorados, que de los blancos con frenteamplistas o de los colorados con los frenteamplistas. Cuando eso ocurre, hay un empuje natural hacia el construir un sujeto político común. Eso se ve con mucha frecuencia en el mundo y en diferentes épocas. Diferencias que en una etapa histórica fueron fundamentales, luego se ven menores, no fundamentales, y en cambio afloran coincidencias fuertes sobre temas relevantes.

La unión de blancos y colorados que se plantea para Montevideo, existió también en el plano electoral en el balotaje de 1999 para llevar a Jorge Batlle a la Presidencia de la República. Lo uno y lo otro pueden verse como una alianza contra la izquierda. Lo que es correcto. Pero también puede verse por la positiva, como la alianza o unión de segmentos políticos que tienen mucho más cosas que los unen que lo que los separa. Y quizás esto es lo más relevante desde el punto de vista analítico e histórico. Tanto hay cosas que los unen, que colorados y blancos construyeron explícitas coaliciones de gobierno en los últimos dos gobiernos de presidencia tradicional: la segunda de Sanguinetti y la de Jorge Batlle.

Si tomamos las categorías de la ciencia política europea, hay dos grandes ejes relevantes para clasificar los actores políticos. El eje político-económico y el político-cultural. El eje político-económico se mueve en izquierda y derecha, donde izquierda representa la intervención o regulación del Estado y derecha la libertad, la libertad económica, la libertad de mercado. Surge con claridad que mientras el Frente Amplio va desde el centro hacia la izquierda, los partidos tradicionales en conjunto van desde el centro hacia la derecha.

El eje político-cultural, que tiene que ver con valores, se mueve en liberal-conservador. Donde liberal representa la mayor libertad cultural, ética, de comportamientos y conservador representa la existencia de altas regulaciones a la conducta de los individuos. Para situar ejemplos de los últimos debates, una postura liberal es la que defiende la despenalización del aborto, el matrimonio homosexual o la legalización de la marihuana. Conservador es quien se sitúan en el campo opuesto. De ahí que es claro que en líneas generales el Frente Amplio se sitúa desde el medio hacia lo más liberal, y los partidos tradicionales desde el medio hacia lo más conservador.

Hay pues razones y fundamentos que pueden apuntar a un nuevo bipartidismo. No quiere decir que a nivel nacional ocurra ahora, ni en en el 2019 ni quizás en el 2024, pero que hay que observar si no se ha iniciado un proceso que conduzca hacia ello, hacia ese nuevo bipartidismo.