12 Jul. 2015

Grecia y la democracia europea

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Grecia es la cuna de la democracia y  Grecia hoy hace reflexionar sobre cuánto hay de democracia en Europa, o más exactamente en la Unión Europea, o con mayor precisión aun en la Eurozona. Como siempre que se analice de manera científica, ante todo hay que determinar a qué se le llama democracia, palabra llevada y traída que puede envasar contenidos muy diversos...


Grecia es la cuna de la democracia y Grecia hoy hace reflexionar sobre cuánto hay de democracia en Europa, o más exactamente en la Unión Europea, o con mayor precisión aun en la Eurozona. Como siempre que se analice de manera científica, ante todo hay que determinar a qué se le llama democracia, palabra llevada y traída que puede envasar contenidos muy diversos. Para manejar el tema lo más sencillo posible conviene utilizar como sinónimo de democracia la categorización hecha por el politólogo norteamericana Robet Dahl sobre poliarquía.

Primero conviene ver cómo andan en la materia los países de la Unión Europea; con las reservas metodológicas del caso conviene basarse en el Democracy Index de The Economist Intelligence Unit (de 2014). En el mismo figuran 24 democracias plenas, de las cuales la mitad (12) corresponden a miembros de la Unión Europea y de ellos nueve pertenecen a la Eurozona (Finlandia, Países Bajos, Luxemburgo, Irlanda, Alemania, Austria, Malta, España y Francia, por orden del ranking de democracias). Catalogan como democracias plenas e integran la UE pero no la Eurozona, tres países: Suecia, Dinamarca y Reino Unido. No son democracia plenas sino democracias débiles otros diez integrantes de la Eurozona: República Checa, Bélgica, Italia, Portugal, Estonia, Eslovenia, Lituania, Letonia, Grecia y Chipre (siguiendo el ranking referido). Visto así surge la conclusión que la democracia plena predomina fundamentalmente en la Unión Europea originaria o de los 15, con las excepciones de Bélgica, Italia, Portugal y Grecia, y el agregado de Malta. Y por consiguiente en la gran mayoría de los países originarios de la Eurozona.

Ahora bien, el análisis más moderno y refinado de democracias y poliarquías obliga a mayor exigencias de las catalogadas cuando el primigenio estudio de Dahl de la década de los sesenta del siglo pasado, o aún de los ranking más en boga. Uno de ellos -lo que es fundamental para este análisis- es que el voto se ejerza en forma lo más directa posible. Dicho de otra manera: que quienes tienen la potestad de tomar las decisiones emanen del voto directo de los ciudadanos o resulten designados y respondan en forma inmediata a quienes resultaron elegidos de manera directa, siempre y cuando esa designación signifique una cierta subordinación, como lo es -al menos en teoría- en los regímenes parlamentarios.

Precisamente es en la forma de designación de la cúpula de la Unión Europeas donde se diluye el peso de los ciudadanos, de los votos y de la democracia. Cuando se mira la cúpula se observa que sus máximos responsables surgen de un largo entramado de niveles diferentes, en donde la política se juega cada vez más lejos de los propios ciudadanos. Al menos si se sostiene la tesis -como este autor- que cuanto más se mediatice la designación de un gobernante o funcionario, más se autonomiza en las decisiones y más distante queda del elector.

En el drama griego, como antes en el irlandés, el portugués, el español o el italiano, las bases de soberanía de cada uno de esos países, el cuerpo ciudadano, no fue el actor principal de las decisiones que le atañen, sino que quedaron subordinados a un conjunto de actores de designación asaz indirecta: lo que se conoce como el poder de “La Troika” (así se denomina a la conjunción del Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo). Esa “Troika” no es la emanación directa e inmediata de la voluntad de los ciudadanos del conjunto de la Unión Europea ni del conjunto de la Eurozona. Son producto de largos procesos de designación muy alejados de los ciudadanos. El poder se centra en esas instituciones y en tres presidentes: Christine Lagarde (FMI), Mario Draghi (BCE) y Jean-Claude Juncker (Unión Europea). Y detrás de ellos o por encima de ellos, Alemania.

Los ciudadanos están muy lejos. Es más fácil que sobre el italiano Mario Draghi influya la poderosa firma Goldman Sachs (de donde surgió) que los propios ciudadanos italianos, cuya muy fuerte mayoría absoluta -cercana a los dos tercios- manifiesta una nítida oposición a la política de recortes o de austeridad impulsada por “La Troika” y por Alemania, y llevada adelante por los últimos tres gobiernos italianos (tres gobiernos en el lapso de cuatro años). A impulsos de esta Troika y de Alemania fueron llevados contra la pared gobiernos como el de Rodríguez Zapatero en España o como el de Silvio Berlusconi en Italia.

No es fácil resolver el dilema de cuál es el nivel de la democracia europea, cuánto funciona y cuánto no funciona. Lo que parece claro es que las instituciones europeas fueron más funcionales a sus respectivos conjuntos de ciudadanos en épocas de prosperidad que en épocas de crisis, y que el Euro como moneda, o la Eurozona como entidad en parte financiera pero sustancialmente política, también funcionó mejor en la prosperidad y es conflictiva en la crisis.

Quizás el dilema planteado no corresponda a toda la Unión Europea. Al menos el desafasaje entre cúpulas e instituciones por un lado, y pueblos por otro, parece más claro en la Europa Meridional, como los casos de Portugal, España, Italia y Grecia. No es casualidad el profundo cambio político que se viene produciendo particularmente en estos últimos tres países: el fin del bipartidismo en España, su sustitución por un sistema de tres partidos y medio, y la aparición de dos formaciones antisistema o anti elites políticas. En Grecia, el formidable cambio político que derrumbó al bipartidismo dominante desde la instauración democrática de hace cuatro décadas. Y en Italia, una nueva fragmentación política, la crisis del partido gubernista y la aparición de un conjunto diverso de formas y alineaciones de protesta como el fulgurante suceso de Beppe Grillo y su Movimento Cinque Stelle, el vertiginoso crecimiento de la Lega Nord y los nuevos reagrupamientos de izquierda, además de la formidable abstención electoral. Habrá que ver y que pensar.