28 Feb. 2016

De baguales y barras bravas

Oscar A. Bottinelli

El Observador

En el caso particular del Frente Amplio, la dirigencia en estos días habla esencialmente al núcleo duro, al reducido núcleo de los fieles a prueba de toda herejía, que en la cuenta más optimista ronda los 300 mil […] El problema son … los frenteamplistas matrizados en los valores del Frente Amplio de 1971 y de 1984, para los cuales hay cierto realismo político que les parece que trasgrede fronteras que deberían ser infranqueables […] No importa si son muchos o son pocos, basta con que sean más de seis mil, para que el oficialismo comience a entonar la despedida de la mayoría absoluta, porque esa es la magra cifra con la que la obtuvo el 26 de octubre de 2014


El Frente Amplio denuncia que hay contra el partido y contra el vicepresidente de la República una ofensiva baguala, para usar el término puesto en boga cuando estampidas similares se abatieron contra el ex presidente Luis Alberto Lacalle. Y es correcto que hay una ofensiva baguala, no solo contra Sendic, sino en otros o parecidos temas, contra Vázquez, Mujica, Astori, Daniel Martínez y ainda mais. Y también es correcto que más antes hubo, o ahora hay, o más después habrá, ofensivas más bagualas o menos contra el Partido Nacional y el Partido Colorado, y contra Lacalle Pou, Larrañaga, Bordaberry, Novick y ainda mais. No cabe olvidar que también hay ofensivas panegíricas de cada uno de los partidos, de sus logros y de todos y cada uno de los personajes mencionados y sugeridos.

Bueno, reconocer esto equivale a descubrir que La Tierra gira alrededor del Sol. Dicho de otro modo, con mayor nivel de civilización o de dureza, a la tradicional usanza uruguaya o a la feroz usanza española, lo que se descubre es que esto es la política. Y más aún, es toda competencia por algún poder, ya fuere político, intelectual, económico o social. No difiere de la competencia entre empresas, o entre tribus académicas o entre corrientes sindicales. Ocurre que cada tanto el que es víctima de una ofensiva siente que eso va contra el orden natural del Universo, porque el que más o el que menos cree que tiene el patrimonio de lo correcto y de la buena fe, y que los demás solo pueden estar en el error o en la mala fe. Ya lo explicaron paciente y detalladamente hace varios siglos Niccolò dei Macchiavelli y Armand Jean du Plessis, Cardenal de Richelieu.

Entonces, de nada vale proclamar que hay vientos fuertes ni de qué punto cardinal vienen, porque eso siempre es notorio. Lo que importa es el nivel de credibilidad de lo que se dice. Cabe resaltar que se habla no del nivel de veracidad, ni de certidumbre, ni de evidencia, ni de prueba, sino de credibilidad; porque lo que desde el punto de vista político y social, en el aquí y el ahora, lo que importa es qué es lo que la gente está dispuesta a creer y qué no está dispuesta a creer. Y dentro de la gente, la que más importa, la que más es relevante para los impactos políticos y sociales, no son los fanáticos de uno u otro lado, sino los de pensamiento crítico, los que piensan con pocas ataduras, con relativa independencia; gente a la que no le gusta que le hablen como infradotados ni al compás de consignas, sino que se les trate con respeto intelectual y se le dan argumentos sólidos. Para citar un solo caso ¿A quién se le ocurre que es inteligente decir que no hay irregularidades en determinado ámbito, y para definir irregularidad recurrir a una acepción lateral y coloquial de la Real Academia, con evidente desconocimiento de las tres acepciones de fondo sobre el concepto de irregularidad? ¿No se piensa que eso lisa y llanamente implica confesar carencia de argumentos y aceptar la existencia de irregularidades, en la definición clara y nítida de la Real Academia? Corresponde aclarar que no es la primera vez ni es patrimonio del oficialismo de hogaño que alguien se refugia en estas salidas ingeniosas, que son de tan corto vuelo como de seguro resultado negativo. Hay ejemplos de los tiempos que se quieran y de los colores que se prefieran. Nadie tiene el monopolio de la irracionalidad.

Hay etapas en la vida del país en que los políticos tienden a alejarse del conjunto de la gente y privilegiar el contacto con las respectivas barras bravas. Primero ocurre con el diagnóstico: creer que lo que piensa la gente es lo que le dice la gente que se acerca a esos políticos (que solo son los que van a decirles lisonjas, salvo momentos de gran enojo). Para el diagnóstico temprano, se aconseja -antes de que el diagnóstico final salga de las urnas- recurrir a los estudios demoscópicos o, como hacía Tabaré Vázquez en su primer mandato, usar el pulsómetro de su consultorio médico, y recibir el decir de la gente en un ambiente políticamente no contaminado. El segundo fenómeno que ocurre es el hablarle a los ya convencidos, a los fanáticos, y olvidarse de los de pensamiento crítico; olvidarse de los propios con pensamiento crítico, los que van a la tribuna a aplaudir las buenas jugadas y molestarse con las malas, sin considerar que todo lo desacertado es por culpa del árbitro, sino que hay yerros propios de responsabilidad intransferible.

En el caso particular del Frente Amplio, la dirigencia en estos días habla esencialmente al núcleo duro, al reducido núcleo de los fieles a prueba de toda herejía, que en la cuenta más optimista ronda los 300 mil, que es el número de votantes que logró el lema oficialista en las elecciones nacionales preliminares del 1° de junio de 2014. Contra lo que creen algunos dirigentes opositores, el problema del Frente Amplio no son los “votos prestados” -categoría que solo existe en el imaginario de esos dirigentes blancos y colorados-, es decir, de los nuevos votantes. El problema son los viejos frenteamplistas, viejos aunque tengan 25 años de edad; los frenteamplistas matrizados en los valores del Frente Amplio de 1971 y de 1984, para los cuales hay cierto realismo político que les parece que trasgrede fronteras que deberían ser infranqueables, y que cree que eso es lo que sustancialmente diferenciaba al frenteamplismo de blancos y colorados.

No importa si son muchos o son pocos, basta con que sean más de seis mil, para que el oficialismo comience a entonar la despedida de la mayoría absoluta, porque esa es la magra cifra con la que la obtuvo el 26 de octubre de 2014. Además no es solo un tema electoral. La economía irá más o menos o irá mal, pero no va a ir mejor, la inflación es un bagual difícil de domar y el desempleo emana alerta naranja. En este panorama, parece imprescindible la credibilidad de la opinión pública, especialmente del sector pensante, del formador de opinión; el contentar a todos los propios y no solo a la barra brava.