04 Nov. 2017

Entender el malestar de los pueblos

Oscar A. Bottinelli1

El Observador

Hay que tener cuidado en procurar entender el malestar de los pueblos, aunque no se esté de acuerdo con lo que proclaman […] Es un asunto que afecta a todo Occidente, en particular a las democracias de partido, a las democracias plenas, a las cuasiplenas y a las semiplenas […] Como Uruguay es uno de los casos en que se está más lejos en los crujidos de representación, es hora como para que las élites nacionales comiencen a pensar seriamente en el tema.


Es hora de reflexión sobre la representación y la legitimidad social

En las últimas semanas varias personalidades europeas -entre ellas el flamante jefe de Estado de Alemania, que es un cargo referencial y por encima de las partes- han advertido que hay que tener cuidado en procurar entender el malestar de los pueblos, aunque no se esté de acuerdo con lo que proclaman. Estos dichos centraron mucho el foco en los sucesos de Cataluña, en los referendos ultra autonomistas de Lombardía y Veneto, en el NO en Italia de diciembre de 2016, en el Brexit, en diversos resultados eleccionarios como los de Austria, Alemania, España, Estados Unidos, Francia, Hungría, Países Bajos, Polonia. Y más lejanamente, Grecia, Irlanda, Islandia. También hay malestares diversos y opuestos en Venezuela, Ecuador, Brasil y Argentina.

El tema no es un asunto ni de Europa, ni de América del Norte, ni siquiera de América Latina en particular. Es un asunto que afecta a todo Occidente, en particular a las democracias de partido, a las democracias plenas, a las cuasiplenas y a las semiplenas. No es un tema particularmente grave en Uruguay, pero este país no está inmunizado contra el fenómeno; más aún, hay síntomas significativos de malestar con el sistema político y en especial con todo tipo de institución de representación, sea del Estado, de los partidos, de los sindicatos, de las corporaciones. Por las dudas, sin ninguna alarma, con precaución, conviene mirar el fenómeno y atisbar los riesgos. Estos riesgos son mucho mayores cuando en este pequeño territorio los elencos políticos, administrativos, sindicales y corporativos están demasiado inmersos en sus juegos de salón como para atender la existencia del fenómeno, y mucho menos para buscar explicaciones y construir alternativas.

En los elencos de representación, pero también en las élites informadas, la preocupación primaria -quizás superficial- es quién gana las próximas elecciones. Aparece como secundaria la pregunta sobre qué preocupa a la gente, cuáles son sus inquietudes, insatisfacciones, malestares. A lo sumo interesan esas preocupaciones si es que sirven para golpear al adversario, realizar un operativo de marketing político o autoposicionamiento. Cuando aparece alguien o algunos con inquietudes sentidas, profundas y sanas, en general la repregunta de las élites va por el lado de: éste a qué juega, a quién responde, qué busca. No se concibe demasiado que la preocupación tenga por finalidad describir y desentrañar las causas de esa preocupación o ese malestar.

Cabe precisar que el ámbito geográfico y poblacional a que se refiere esta nota, es decir, de democracias plenas y cuasiplenas, es una muestra poco representativa del mundo. Si como comodidad clasificatoria de trabajo se toma en cuenta el Economist Democracy Index, resulta que las democracias plenas (full democracies) constituyen el 11,4% de los países y el 4,5% de la población mundial. Como quien dice: ocho de cada nueve países y 21 de cada 22 habitantes del mundo no quedan comprendidas en dicha clasificación. Si se agrega el nivel superior de las democracias incompletas (flawed democracies), entendidas la que logran un puntaje superior a siete puntos (en un total de diez) y que pueden considerarse democracias cuasiplenas, el universo representado trepa al 28,1% de los países y un porcentaje algo menor de la población mundial. Es decir, esas poblaciones que pueden expresar su malestar -de forma más o menos plenas- por vías poliárquicas o democráticas, no son más que uno de cada cuatro habitantes del planeta y poco más de un país de cada cuatro. Como se ve, es un universo altamente restringido y geográficamente localizado: Europa (no toda, ni siquiera toda la occidental), la América del Norte sajona, y luego un picado de viruela: Uruguay al sur de América; Sudáfrica y Botswana al sur de África (y por allí cerca, en el Índico, Mauritius); Australia, Nueva Zelanda y Timor-Leste en Oceanía; Japón en Asia Pacífico; India en Asia central; Israel en Medio Oriente; Cabo Verde, Jamaica, Trinidad-Tobago en la zona atlántica a la altura del Ecuador. Ése es todo el mundo en que caben conceptos más o menos amplios (aunque no plenos del todo) de democracia o de poliarquía.

Es en ese universo restringido al cual pertenece Uruguay en que las insatisfacciones y malestares de la gente tienen manifestaciones crecientes, que se expresan de manera diferente y se canalizan por vías distintas a la de países en que la democracia es más débil, es casi inexistente o lisa y llanamente no existe.

La manera más sistémica de manifestación del malestar es mediante el surgimiento de partidos contestatarios, que en algunos casos tienden a la derecha económica, en otros a la derecha político-institucional, en otros a la izquierda y en otros se mueven en el centro. Pueden expresarse como manifestaciones centrífugas ligadas generalmente a la diferenciación cultural, o pueden expresarse centripetamente pero en formas xenofóbicas o racistas (que no es lo mismo). Pero hay otras maneras antisistémicas de expresión del malestar (y las formas centrífugas pueden tener un algo de eso, aunque no del todo).

Es muy importate a esta altura hacer un examen minucioso de la legitimidad social de la representación. No hay en principio formas claras alternativas a ella, pero no por eso debe dejarse de acentuar que una representación que vaya perdiendo legitimidad social puede terminar en una cáscara vacía. Como Uruguay es uno de los casos en que se está más lejos en los crujidos de representación, es hora como para que las élites nacionales comiencen a pensar seriamente en el tema, y vayan más allá de lo inmediato, de la búsqueda de un resultado, del aferramiento a uno u otro cargo. Es hora de la convocatoria a la reflexión sobre la democracia, la representación, la legitimidad social, los malestares de los pueblos.


1 Catedrático de Sistema Electoral de la Universidad de la República (Facultad de Ciencias Sociales)