22 Set. 2018

De programas y planes de gobierno

Oscar A. Bottinelli

El Observador

En los últimos tiempos los partidos, las corrientes y las candidaturas emplean la palabra programa para referirse a un plan de gobierno [...] Después, una vez que esa Weltanschauung ha sido expuesta, entonces ahí viene el aterrizar esa cosmovisión al plano concreto de la acción de gobierno, en un aquí y en un ahora [...] El Uruguay se encuentra en un momento histórico de definiciones [...] Esos cambios de etapa implican la absoluta necesidad de saber el cómo se ve al mundo y cuál es el mundo que se quiere hacia adelante.


No debe confundirse la visión del mundo con medidas concretas de gobierno

Se lee o escucha que los partidos políticos o las corrientes políticas, las fracciones, o las candidaturas, están en proceso de elaboración de su programa. Y como complemento se menciona que participan más de 500 técnicos. Unos además anuncian su discusión en decenas o centenares de reuniones, y otros que recorrerán el país para recoger las opiniones de la gente para incorporarlas a su programa. El maestro Carlos Vaz Ferreira en su lógica viva enseñaba a distinguir entre cuestiones de palabra y cuestiones de concepto. Entonces, si lo que los partidos, las fracciones y las candidaturas están elaborando un programa o lo que hacen es otra cosa, puede ser finalmente un tema de palabras. Pero conviene aclarar las cosas.

Originalmente, en el pensamiento político moderno, con la aparición de los partidos políticos como algo estructurado en torno a un conjunto de elementos convocantes, aparecen los programas. La palabra define un tipo de documento que puede denominarse fundacional o refundacional de un partido o corriente política, en que se sientan sus bases fundamentales. El programa recoge la visión que ese agrupamiento político expone sobre el mundo, la sociedad, el hombre; expresa una interpretación del pasado y traza una proyección de futuro. El programa pues surge con la constitución de un partido. No se consulta a nadie su elaboración, sino que a la inversa, una vez elaborado se difunde al pueblo para obtener su adhesión, o se hace una acción entre docente y proselitista para captar esa adhesión. En este sentido un programa es sin duda el Manifiesto del Partido Comunista de 1848, debido a la acción intelectual conjunta de Karl Marx y Friedrich Engels. Si se sigue el recorrido del Partido Social Demócrata alemán, sus hitos lo conforman el Programa de Gotha (1875), su reforma en Erfurt (1891) y finalmente el decisivo de Bad Godesberg (1959), en que deja atrás los últimos resabios del marxismo y del revolucionarismo, para posicionarse como alternativa de gobierno. Un programa contiene definiciones sobre el énfasis en la competencia o en la igualdad, en la más absoluta laicidad o en la prevalencia de valores religiosos, en el valor de la vida, en los derechos y los límites de los estados, en los derechos individuales y en los derechos colectivos. Son la expresión de una Weltanschauung, de una cosmovisión.

En los últimos tiempos los partidos, las corrientes y las candidaturas emplean la palabra programa para referirse a un plan de gobierno. O para ajustar los términos a lo usual, a un programa de gobierno. Pero hay algo que es necesario y previo: nadie puede hacer un programa de gobierno, un plan de gobierno, si no expresa antes un programa propiamente dicho, una visión del mundo, el hombre y la sociedad. Y esto último no se elabora en campaña electoral. Tampoco es tarea para técnicos ni para grandes asambleas, en todo caso es tarea para intelectuales (politólogos, sociólogos, historiadores, filósofos) y para políticos.

Esto último en parte está faltando para que sea claro y trasparente. Sin embargo, puede decirse que los analistas finos perciben esas ideas básicas, esos programas, y podrían ser capaces de elaborar el programa de cada uno de los partidos y corrientes; con el alto riesgo que descubran alguna que otra contradicción. Pero lo que hay que entender es que sin saber de política, diplomacia, historia o filosofía, el programa de cada partido, qué piensa cada uno de los valores básicos, eso lo entiende el individuo común y silvestre. Uno diría que cuanto más silvestre mejor lo capta. Y lo hace a través de juicios tan simples como “me gusta”, “no me gusta”, “quizás”. Sin embargo, sería poner negro sobre blanco si los partidos, corrientes y candidaturas lo elaborasen. No hay que olvidar que los programas buenos y profundos son cortos.

Si se quiere, las Instrucciones del Año XIII son un programa, tan profundo como vigente, y son muy cortas. Con pocos párrafos, cada párrafo es breve, y quizás está todo lo importante y no falta nada.

Después, una vez que esa Weltanschauung ha sido expuesta, entonces ahí viene el aterrizar esa cosmovisión al plano concreto de la acción de gobierno, en un tiempo y en un lugar dados, en un aquí y en un ahora. Ahí sí tienen sentido los equipos técnicos, los debates políticos, el auscultar a la gente, en recorridas o conjunto de reuniones, en las redes sociales. Porque definir cómo los docentes eligen las horas en los liceos, supone haber definido cómo son los liceos y la estructura de la educación en general, qué se va a enseñar y sobre todo, para qué. Y esa enseñanza en el marco de qué modelo de país, de qué modelo de sociedad, de qué valoración se hace de la persona, de la eficiencia, de las garantías, de la competitividad, de la igualdad, de la solidaridad, de los derechos, de las obligaciones, de los beneficios, de las responsabilidades. No es solo un problema de programación informática, de elaboración de un schedule.

Hay que veces que algunas corrientes políticas quieren hacer las grandes definiciones programáticas, es decir, de su cosmovisión, en medio de los planes de gobierno. Hay otras corrientes políticas que suponen que esas cosmovisiones no existen o no son necesarias, y que es un tema exclusivamente de gestión. Bueno, no hay gestión sin una base ideológica detrás. Y cuando ella no es explícita, está implícita, la mar de las veces presentadas como obviedades; es que las cosas son obvias cuando el pensamiento es unidimensional.

El Uruguay se encuentra en un momento histórico de definiciones, en una cruz de los caminos, donde se halla muy cerca del fin no solo de un conjunto de modelos, sino de una etapa histórico, superpuesto al comienzo de otra etapa histórica. Esos cambios de etapa implican la absoluta necesidad de saber el cómo se ve al mundo y cuál es el mundo que se quiere hacia adelante.