12 Jun. 2011

Las correlaciones de fuerza

Oscar A. Bottinelli

El Observador

La adjudicación de bancas exclusivamente por departamento al interior de los lemas genera una distorsión entre la proporción electoral y la de la representación parlamentaria en los tres grandes lemas. En los partidos tradicionales la elecciónd de autoridades en una elección previa y más restrindida que las nacionales, genera una distorsión entre la correlación de fuerzas en las autoridades con la electoral y la parlamentaria. Es más agudo el problema en el Frente Amplio, donde la elección por adherentes genera una diferencia de correlación entre la elección por listas y la elección por nombres, y una mayor diferencia entre ambas y la correlación electoral y la parlamentaria


En las controversias surgidas en torno al intento de eliminación de la Ley de Caducidad sobre los aspectos del proceso político (no sobre la sustancia de la norma) hubo dos elementos manejados desde los partidos tradicionales en que la discusión se hizo sobre carriles y parámetros infelices, dado que las críticas caían sobre la cabeza de los propios críticos: el uso del mandato imperativo y del derecho de las autoridades partidarias de mandatar a sus representantes.

Hubo en cambio un elemento que es el medular del debate, que afecta fuertemente al Frente Amplio y que afecta -aunque levemente- a los partidos tradicionales: las diferentes correlaciones de fuerza al interior de los partidos que se dan en las autoridades partidarias por un lado y en la representación parlamentaria por otro.

El problema no es nuevo ni exclusivo del Frente Amplio, sino que se ha agravado con el Frente Amplio. Para no ir no muy atrás, conviene analizar el último cuarto de siglo y empezar por los partidos tradicionales. Desde la restauración democrática hasta la entrada en vigencia de la última reforma constitucional de carácter electoral, la única distorsión significativa a la proporcionalidad se dio en la diferencia –no muy significativa, pero a veces relevante- entre la representación de las fracciones entre las convenciones partidarias y la Cámara de Representantes; y además en la distorsión a la proporcionalidad en la distribución de bancas de diputado.

La distorsión en Diputados la produce la adjudicación de cargos a nivel de cada departamento, lo que distrito a distrito aumenta los sesgos propios de los diferentes métodos de adjudicación proporcional. Es que si bien ambas ramas del Parlamento se eligen por proporcionalidad pura (es uno de los únicos cuatro casos en el mundo y el más puro de todos ellos), esa pureza o perfección se da a nivel de lemas, es decir, en la distribución de bancas entre los lemas (partidos), porque se toman en cuenta los votos emitidos a favor de cada lema en todo el país. Pero al interior de los partidos, las bancas de diputados siguen una lógica estrictamente departamental: se adjudican exclusivamente en función de los votos y de la oferta electoral de cada departamento. De hecho, salvo muy raras excepciones, en 16 de los 19 departamentos la elección intrapartidaria es en circunscripción uninominal a mayoría relativa: una sola banca, que la obtiene el que logra más votos. Así se observa que mientras en 1999 hubo una relativa paridad de votos entre el Batlismo Lista 15 (Jorge Batlle) y el Foro Batllista (Sanguinetti) -y además leve ventaja de La 15- ésta obtuvo 15 diputados y el Foro, 18. En la misma elección el Herrerismo venció a Alianza Nacional en una relación aproximada de 5 a 2, y la relación en diputados fue de 6 a 1. Esta es la distorsión entre la proporcionalidad de votos y la proporcionalidad de bancas.

Pero hay otro elemento. Las convenciones blanca y colorada son elegidas en una elección anterior a través de un electorado mucho menor y en algún caso diferente. Cabe recordar que dichas autoridades son elegidas en las elecciones nacionales preliminares (las mal llamadas “elecciones internas”), que tienen como característica fundamental la concurrencia voluntaria, en contraposición a las otras dos etapas de las elecciones nacionales en que la concurrencia es imperativa. En líneas generales, hacia los partidos tradicionales vota en las preliminares cerca de la mitad del número de votantes de las elecciones nacionales. Esta mitad del electorado partidario no es una muestra representativa del conjunto del electorado; por el contrario, es el sector más interesado en política de la sociedad y quizás –no necesariamente- el de mayor adhesión partidaria. Más aún, en el caso del nacionalismo hay evidencias fuertes de que tanto en 1999 como en 2009 hubo un segmento significativo de votantes en las preliminares que sufragó por otro partido en las nacionales de octubre. Nada asegura entonces que la correlación de fuerzas que surja de las preliminares sea la misma que en las nacionales. Y en el nacionalismo en 1999 fue muy clara esa diferencia de correlación de fuerzas: mientras en la Convención el herrerismo logró de manera muy ajustada la mitad de los cargos, en las elecciones nacionales obtuvo los 2/3 de los votos y en Diputados, los 6/7 de las bancas. La autoridad partidaria representó una correlación muy diferente a la electoral nacional y a la parlamentaria.

En el Plenario Nacional del Frente Amplio la distorsión es mucho más aguda y el sesgo del cambio de correlación es muy nítido. El órgano es elegido por un universo aún menor (los adherentes) que son cerca de la quinta parte del electorado nacional frenteamplista y poco menos de la mitad de los votantes en las elecciones preliminares. A su vez se vota por dos métodos: el de lista, que identifica con claridad a los sectores políticos, con su respectivo número-distintivo de hoja de votación (valor “marca”); y por el método de voto individual a nombres, la mayoría de los cuales son de escaso conocimiento público. Por el método de listas vota algo más de 200 mil adherentes y por nombres entre 30 y 40 mil. Por tanto, la mitad del Plenario cuenta con una representatividad cinco o seis veces mayor que la otra mitad. Los votantes por nombre son el carozo militante, los que solo votan listas son activistas pero no tan militantes y poco o nada activistas son los votantes en elecciones nacionales.

El resultado es previsible en función del propio sistema: los sectores con mayor peso de opinión pública obtienen mayor representación en elecciones nacionales que en las propiamente internas por lista, y a su vez obtienen más votos por lista que por nombre (caso Asamblea Uruguay, Astori). Los votos por nombre se concentran en los sectores activamente militantes (caso Partido Comunista). El juego político de una fuerza en que la correlación de representación sea tan diversa y opuesta, es un factor estructural de dificultad en la toma de decisiones.

Última nota de una serie de tres. Ver "La representatividad del Plenario" y "Partidos y disciplina partidaria"