13 Ene. 2013

El saber del manejo de los tiempos

Oscar A. Bottinelli

El Observador

En política, una cosa esencial es el buen manejo de los tiempos, [...] Lacalle Pou tiene por delante obtener el consenso y apoyo de todo el Herrerismo y en lo posible de toda Unidad Nacional. [...] Los riesgos son no alcanzar ninguna de las metas y quebrar prematuramente una carrera que aparece muy auspiciosa. Obviamente si gana el premio mayor, el triunfo es rotundo. Por ahí andan los riesgos de un adelanto de los tiempos.


En política, quizás sea válido para muchas o todas las actividades, para la vida misma, una cosa esencial es el buen manejo de los tiempos, dicho en otras lenguas, del timing, de latempistica. El saber el momento exacto en que hay que entrar a escena, el momento en el cual salir de escena, cuándo retirarse, cuándo hacer una pausa, cuándo esperar. Es tan erróneo el apresuramiento como la demora, como dejar pasar el momento justo.

Jorge Pacheco Areco y Tabaré Vázquez, desde ideas diferentes, con perfiles comparables, aparecen como dos figuras paradigmáticas en el correcto manejo de los tiempos en el juego político habitual. Luis Alberto Lacalle dio una gran lección de manejo de los tiempos en 1984. Conviene recordar. A la salida del gobierno de facto, el Partido Nacional estaba hegemonizado por la figura de Wilson Ferreira Aldunate; el viejo herrerismo se encontraba disperso, con posibilidades de más de una candidatura presidencial, más las importantes huestes que habían confluido en el wilsonista Movimiento Por la Patria. Lacalle hace un trabajoso esfuerzo para juntar pieza a pieza el herrerismo. Hacia 1982 construye el Consejo Nacional Herrerista, luego logra absorber allí al Consejo Popular Herrerista y la obra se completará cuatro años más tarde cuando se fusiona con la Unión Nacionalista y Herrerista que guiaba Dardo Ortiz, y da vida a un nuevo Herrerismo, así, a secas.

En ese crucial 1984, donde se había barajado de nuevo, los miembros del Consejo Nacional Herrerista presionaban al joven Luis Alberto Lacalle, de 43 años, para que aceptase la candidatura presidencial. Estaba a punto de hacerse la proclamación cuando pide unos minutos, sale, vuelve y dice: no va. Porque vio por un lado las paredes pintadas con Lacalle presidente y por otro la difícil lucha contra el wilsonismo, el riesgo de la derrota. Optó por el camino más prudente y de largo plazo: apoyar la fórmula presidencial auspiciada por Wilson Ferreira Aldunate y el Movimiento Nacional de Rocha, abrir su propia lista al Senado, abrir un ala más conservadora y moderada debajo de ese gran paraguas que lo era Wilson, y esperar. Obtuvo nada menos que dos senadores y esperó. Otros hechos ajenos a la política le facilitaron el camino, pero cinco años después logró una hazaña no superada: ser el primer y único blanco en ser elegido directamente por el pueblo presidente de la República.

Ahora al que se presenta una opción similar es a su hijo, Luis Lacalle Pou, apenas más joven (dos años menos) que su padre en aquel momento crucial: va a tener 41 años cuando las elecciones nacionales, 40 cuando las elecciones internas, cuenta con 39 ahora. Hace dos años marcó con claridad una estrategia fina, casi similar a la de su padre: prepararse para disputar el premio mayor en 2019. La generación que monopolizó la conducción en todo el elenco político nacional está en retiro y para estos próximos comicios sobreviven en actividad muy pocos. La nueva generación que acaba de hacerse de la conducción política en todos los partidos, está en la cincuentena. Lacalle Pou lleva no menos de 10 años de ventaja, que quiere decir que lleva una ventaja que le permite esperar dos elecciones más que todos sus competidores internos y externos. Por tanto la estrategia trazada indicaba el posicionamiento con una buena lista al Senado, que resultase lo más exitosa posible, fuera de la contienda presidencial y esperar a la siguiente, a 2019, sin demasiados riesgos.

Los hechos han cambiado rápidamente. Un sector significativo del herrerismo cree que ninguna otra figura de esa corriente despega y que Luis Lacalle Pou es el único con potencial. No importa si los hechos son esos o no, lo que importa es que esa es la percepción de un buen número de dirigentes y actúan en base a esa percepción. Por tanto, lo impulsan a apurar el caballo y, al revés de su padre tres décadas antes, no esperar y disputar ahora mismo. Esperar tiene sus riesgos, porque nadie sabe si las prospectivas que se piensan se verificarán en los hechos, si al esperar no habrá otros tropiezos no imaginados, si no aparecerán competidores no imaginados. Este siempre es el riesgo de esperar.

Si este es el momento, y la evaluación es correcta, esperar es lo contraindicado. Si no es lo correcto, aparece el otro riesgo resumido en la manida frase: el que se precipita, se precipita. Dicho de otra manera, el que se precipita (Real Academia Española, segunda acepción:Provocar la aceleración de unos hechos) se precipita (RAE, primera acepción: Despeñar, arrojar o derribar de un lugar alto) ¿Cuáles son los riesgos de precipitación? Múltiples. Primero que todo el riesgo de toda competencia, perder. Aunque no siempre perder (no ganar) es perder (hacia el futuro); depende de cuánto y cómo.

Lacalle Pou tiene por delante obtener el consenso y apoyo de todo el Herrerismo y en lo posible de toda Unidad Nacional. Luego, lograr un buen desempeño en las elecciones internas, que no significa necesariamente ganar, pero al menos no perder –como se dice vulgarmente- por paliza. Es decir, superar una barrera que en competencia de dos puede ubicarse en el 42-45% y en competencia de más de dos en torno al 40%. Y si además pasa a integrar la fórmula presidencial, que la misma tenga un papel decoroso, lo que significa no solo ir al balotaje, sino además que en ese balotaje si no gana, sea derrotada por menor distancia que la que hubo entre Mujica y Lacalle Herrera. Y si no va al balotaje, tenga un desempeño igual o superior al de Larrañaga en 2004. Y en todo caso, que en la primera vuelta el Partido Nacional supere al Partido Colorado por una relación matemática mayor a la habida en 2009. Por otro lado, si gana las elecciones internas, tener un desempeño tan decoroso como el detallado anteriormente. Los riesgos son no alcanzar ninguna de esas metas y quebrar prematuramente una carrera que aparece muy auspiciosa. Obviamente si gana el premio mayor, el triunfo es rotundo. Por ahí andan los riesgos de un adelanto de los tiempos.