27 Ene. 2013

Problemas de los elencos políticos

Oscar A. Bottinelli

El Observador

En algún momento debe discutirse en serio, en profundidad, qué sistema político se quiere. La propia gente debe pensar qué es lo que en verdad quiere. Porque hay un límite a reclamar juventud, inexperiencia, outsiderismo, pasaje puntual por cargos públicos, y por otro lado exigir solidez, experiencia, conocimientos, buen manejo, sólida formación.


“Se necesita joven, sin ninguna experiencia en la actividad a desarrollar, con gran conocimiento práctico de la misma, dispuesto a planificar, dirigir y ejecutar”. Más o menos por ahí anda la idea que tiene la gente de lo que debe ser un candidato ideal para ocupar los más altos cargos del Estado: alguien que sea joven, lo más posible; que nunca haya tenido ninguna actividad política, ni siquiera el menor roce con la política; pero que tenga una gran capacidad política práctica y en especial tener planes políticos, alta capacidad para el manejo político, la dirección y la ejecución.

Uno no conoce a ningún seleccionador de personal que pueda encontrar a una persona así. Sencillamente, el enunciado implica contradicciones intrínsecas. Porque la opinión pública tiene grandes contradicciones.

Conviene empezar por el tema de la edad1. El reclamo de juventud en política y contra la gerontocracia. Una demanda particularmente llamativa en una sociedad que es una de las más envejecidas del mundo. No es un pueblo joven que clama contra una exigua minoría de ancianos, sino un pueblo anciano que clama contra sí mismo ¿Pero qué es ser joven? Siempre es malo dar nombres, pero se hace necesario para explicitar la confusión de la gente, sin que ello implique juicio positivo ni negativo hacia ninguno.

Al auscultar la opinión pública en la lista de políticos maduros aparecen Rafael Michelini o Jorge Larrañaga y en la de políticos jóvenes Daniel Martínez o Pedro Bordaberry. Pero resulta que ahí aparece una confusión entre vejez como edad y antigüedad en la política. Porque Michelini cuenta con 53 años y Daniel Martínez es dos años mayor, 55. El veterano Larrañaga tiene 55 años (igual que Martínez) y es apenas tres años mayor que Bordaberry. Entonces, lo primero que hay que ver es que cuando alguna gente habla de que se necesita gente joven, en realidad habla de que se necesita gente nueva, sin antecedentes en la política o que haya empezado a hacer política a edad avanzada. O a veces ni siquiera que haya empezar a edad avanzada, sino que aunque haya empezado muy joven (caso Martínez) empiece a ser conocido por el gran público mucho después.

Entonces, la contradicción es confundir juventud con novedad. Y muchas veces, no siempre, la novedad va de la mano del reclamo de outsiderismo. De alguien que no sea político y manifieste no serlo. Es algo muy extraño. Anthony Garontinho, entonces gobernador del Estado de Rio de Janeiro, candidato presidencial en el Brasil de 2002, desafiaba a Lula y decía: Imagine que usted va a viajar. Tiene frente suyo dos aviones y le dicen: uno es piloteado por un piloto experimentado, con 20 años en aviones de primera línea; el otro tiene en sus manos a una persona excelente, buenísima, de gran corazón, que nunca se sentó en el comando de un avión y va a pilotear por primera vez ¿Con quién prefiere volar? Para luego agregar: Yo fui vereador (edil), prefeito (alcalde), diputado estadual, soy gobernador ¿qué cargos ha ocupado Lula? Ninguno ¿Ha administrado algo alguna vez? Nunca. El electorado dio su respuesta: Lula fue elegido presidente de la República y Garontinho no pasó a la segunda vuelta. Hubo en Europa un candidato que presentó un ejemplo parecido con cirujanos. Y la gente en política prefirió ir al quirófano con un neófito.

Entonces, un primer gran desafío que tienen los sistemas políticos contemporáneas es la indudable necesidad de experiencia, conocimiento y capacidad de los gobernantes, dirigentes y operadores políticos, y las demandas de la sociedad a favor de la inexperiencia y la falta de capacitación en la materia, la demanda de lo que considera pureza, incontaminación.

El problema se completa con otro dilema ¿debe o no el político dedicarse únicamente a la política o debe continuar en el ejercicio de la profesión’? La gente primero exige que si le pagan por una función, se dedique solo a ella. Luego rechaza que los políticos vivan de la política. En otras palabras, hay una exigencia de dedicación total a una tarea de la cual no se viva. Lo que implica que la persona debe tener rentas de otro lado. Pero cuidado, aquí entonces aparecen las sospechas de conflictos de intereses, de vivir para la política en forma honoraria, porque si es así alguna ventaja debe obtener de la política.

Muchos países, al compás del discurso anti-política, han establecido topes a los mandatos legislativos, a veces tan solo de uno. Entonces, la persona debe alternar la viva política con actividad privada, y esa alternancia genera sospechas de conflicto de intereses, de actuar en la política para luego asegurarse un lugar en la actividad privada y a su retorno defender a empresas privadas que lo acogieron en su periodo de ostracismo.

Como los problemas no son pocos, se agrega la necesidad de capacitación y experiencia de los políticos con la exigencia de amateurismo y desprofesionalización. Pero además se agrega que cuando los políticos son capaces, deben optar entre aceptar cargos públicos medianamente o mal remunerados y abandonar empleos o actividades privadas bien retribuidas, o lisa y llanamente continuar en la vida privada.

Sin duda esa demanda de ajenidad, ascetismo, juventud, inexperiencia, breve pasaje por la función pública, todo ello va claramente en contra de elencos políticos estables, sólidos, capaces. Hace poco atractiva la vida pública para gente exitosa en los campos privados. Sin contar, además, los ataques públicos, las sospechas, los rumores, como dicen los norteamericanos, el sentir que se vive en una pecera.

En algún momento debe discutirse en serio, en profundidad, qué sistema político se quiere. La propia gente debe pensar qué es lo que en verdad quiere. Porque hay un límite a reclamar juventud, inexperiencia, outsiderismo, pasaje puntual por cargos públicos, y por otro lado exigir solidez, experiencia, conocimientos, buen manejo, sólida formación.

Mal de muchos, consuelo de tontos. Toda Europa, todos los países de viejos sistemas de partido de América Latina, los Estados Unidos, más Canadá, Australia, Japón, todo discuten lo mismo.


1 Ver La generación de la cincuentena, El Observador.