31 Mar. 2013

La delicuescencia de los apellidos

Oscar A. Bottinelli

El Observador

En la actualidad en Occidente se vive una discusión -impulsada principalmente por movimientos hacia la equidad de género- que buscan una solución diferente, ya impuesta en Francia y en discusión en el Parlamento uruguayo . Consiste esencialmente en que padre y madre eligen libremente el apellido de cuál de ellos ponen en primer lugar a su hijo.


La Roma antigua teorizó y sistematizó el derecho y con ello contribuyó a desarrollar una gran organización de la sociedad. Así unos siglos antes de Cristo se estructura la denominación de las personas con tres atributos: praenomen (distingue al individuo, es el nombre propio), nomen (que identifica a la familia de pertenencia) y el cognomen (identifica a la gens de pertenencia, es decir, a la gran familia de familias). Un caso típico es el de la persona denominada Cayo, de la familia de los Julio y de la gens de los César: Cayo Julio César. Con la caída del Imperio Romano de Occidente desaparecen muchas cosas, entre otras la estructura de nominar a los individuos, que pasan a portar un solo nombre, el propio. Al llegar a los siglos X a XII reaparece la necesidad de identificar a los individuos con precisión, ya fuere para inscribirlos en los libros de siervos rurales o en los de corporaciones o ya para determinar herencias. Porque ¿quién es este Pedro, qué tiene que ver con este otro Pedro, de quién es hijo, de dónde es? Y surgen o resurgen los apellidos, es decir, que la persona identificada por un nombre propio pertenece además a una familia determinada. Y el origen de los apellidos surge de la identificación o con un lugar (toponímicos: de León, Lombardo), o con la progenitura (patronímicos: Martínez, hijo de Martín; Martinelli, hijo de Martino), o con una característica peculiar (Rubio, Delgado, Klein), o con nombre de oficios (Herrero, Fabbri); o la combinación patronímico-toponímica: Jiménez de Aréchaga, hijo de Jimeno del pueblo de Aréchaga.

En una estructura de características patriarcales, como la que domina en el mundo desde hace unos cuatro mil años, los apellidos son patrilineales, es decir, la persona toma el apellido de su padre. Mucho antes, hasta circa año 2000 aC, previo a la dinastía Shang, en China los apellidos eran matrilineales, es decir, tomados de la madre.

El tema es muy complejo, porque hay países que sustituyen el apellido por el patronímico y otros utilizan nombre, patronímico y apellido. Están además los que utilizan doble apellido (primero el del padre, segundo el de la madre) y los que como Brasil o Portugal usan doble apellido, pero con el orden invertido respecto al español: primero el de la madre, segundo el del padre, pero mantienen la patrilinealidad: Fernando Henrique Cardoso es de padre Cardoso y de madre Henrique, y su hijo no tiene como apellido Henrique, sino Cardoso.

Lo que tienen en común la patrilinealidad y la matrilinealidad es la absoluta claridad de la identificación familiar. Sea por la madre (como en China hace 4.000 años) sea por el padre (como desde entonces en todas las partes del mundo donde se usan apellidos o patronímicos), la filiación resulta inequívoca y los lazos familiares son cómodamente distinguibles. Con información básica es relativamente fácil trazar el mapeo de una familia, tanto de manera horizontal como de manera vertical, y por varios siglos. Cualquiera de las dos opciones supone necesariamente la prevalencia de un género sobre el otro. Ello puede considerarse que está bien o que está mal, pero lo que no puede discutirse es que existe esa diferencia en el peso de cada género y que además ello es altamente funcional a la identificación de familias y parentescos.

En la actualidad en Occidente se vive una discusión -impulsada principalmente por movimientos hacia la equidad de género- que buscan una solución diferente, ya impuesta en Francia y en discusión en el Parlamento uruguayo (con media sanción en Diputados, en discusión en el Senado). Consiste esencialmente en que padre y madre eligen libremente el apellido de cuál de ellos ponen en primer lugar a su hijo (el apellido del padre o el apellido de la madre). Es decir, un matrimonio cuyo padre se apellida Pérez y su madre González, puede ponerle a sus dos hijos Pérez González (como ahora), o a la inversa González Pérez. En el primer caso se sigue la patrilinealidad y en el segundo la matrilinealidad.

Un primer efecto de esta norma es sin duda que se igualan los géneros en el conjunto de la sociedad (o se tiende a la igualación), porque no hay linealidad compulsiva. Un segundo efecto es que en cada pareja se mantiene la existencia de prevalencia de un género sobre otro: o hay patrilinealidad o hay matrilinealidad; no hay equidad dentro de la pareja. Un tercer efecto es que desaparece la identificación de los genitores en cuanto al género de cada uno:¿Pedro Pérez González, es de padre Pérez y de madre González o de padre González y de madre Pérez? Cuarto efecto, o consecuencia de los efectos anteriores: se licúa la identificación familiar. No se afirma en este análisis que desaparece o se debilita la familia, que es otro cantar, sino su identificación.

Los apellidos existen por una razón práctica, más allá de que luego pasan a generar muchas consecuencias en el plano simbólico. Si no hay una lógica invariable para el uso de los apellidos, el sentido práctico del apellido disminuye y esa disminución puede llevar a la desaparición. En realidad pasa a cumplir una función de complementar el nombre propio con un segundo nombre que ayude a una mayor identificación de una persona, aunque no a sus raíces: si hay dos Pedro, es más fácil diferenciarlo si uno es Pedro Pérez (no importa si Pérez es el padre o la madre) y el otro es Pedro González. Ahora bien, el mismo efecto se sigue si se suprimen los apellidos y se exige que todo el mundo lleve un segundo nombre, porque entonces Pedro José es diferenciable de Pedro Juan. Y más claro si además se busca que el primer o el segundo nombre sea estadisticamente menos común. Y más claro si se exigen tres nombres.

Entonces, a la vuelta de la esquina está que el nombre completo terminará siendo una especie de apodo, un apelativo amigable, con cierta nubosidad en la identificación familiar. Y para mantener esa identificación familiar quizás con el tiempo se recurra a revivir los patronímicos y crear los matronímicos: me llamo Oscar, hijo de la Nelsa y del Eduardo (la y el para marcar los géneros) o (para equilibrar géneros), también hijo del Eduardo y de la Nelsa. El problema que reaparece es si se pone primero el patronímico o el matronímico, porque lo uno o lo otro vuelven a desequilibrar el peso de los géneros.