14 Abr. 2013

La competencia por 18 y Ejido

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Como se sabe, en 18 de Julio y Ejido de Montevideo está el Palacio Municipal [...] el Frente Amplio llegó a ese gobierno en 1989, está en él por un cuarto de siglo [...] La pregunta es qué perspectivas tiene el Frente Amplio de perder su sexta disputa. [...] todo depende de que el FA elija el camino que le puede asegurar retener el gobierno departamental, por la doble vía de ir a la triple candidatura y escoger al menos dos candidatos potentes y renovadores.


Como se sabe, en 18 de Julio y Ejido de Montevideo está el Palacio Municipal, sede del gobierno departamental del departamento capitalino; o para ser más exactos, en la doble manzana delimitado por la avenida 18 de Julio, Santiago de Chile, Soriano y Ejido, y atravesada en las bajas entrañas por la calle San José. También se sabe que el Frente Amplio llegó a ese gobierno en 1989, que está en él por un cuarto de siglo y que era la segunda vez en la historia en que el Partido Colorado perdía elecciones departamentales en Montevideo1. Es notorio y compartido que después de tres periodos exitosos desde el punta de vista de la percepción pública (el de Vázquez y los dos de Arana), tanto la administración anterior (Ehrlich) y con mayor fuerza la actual (Ana Olivera) presentan percepciones altamente negativas en la opinión de la gente. La pregunta es qué perspectivas tiene el Frente Amplio de perder su sexta disputa.

Con la reforma constitucional de 1996 se desvincularon y asincronizaron las elecciones nacionales y departamentales, y cambió fuertemente la lógica de estas últimas. No solo el voto pasó a ser independiente del de las nacionales (en cuanto a los lemas), sino que las campañas electorales y las opciones de los votantes quedaron fuertemente separadas. En los tres conjuntos de actos electorales departamentales habidos desde entonces (2000, 2005 y 2010), se puede observar la existencia de tres arquitecturas en la competencia electoral:

Uno. Competencia de candidatos únicos reales o virtuales: reales cuando hay un solo candidato por lema y virtuales cuando los segundos candidatos de cada partido aportan cifras muy menores de votos, como en el caso de Soriano en 2000.

Dos. Casos mixtos, donde hay candidatos únicos o virtualmente únicos, versus otro partido que compite con pluralidad de candidatos, como fue el caso de Maldonado en 2000, con un candidato único real del Frente Amplio y tres candidatos reales del Partido Nacional;

Tres. Competencias plurales, donde todos los partidos con probabilidades ciertas presentan dos o tres candidatos.

A su vez hay que distinguir cuatro modelos en la competencia interpartidaria:

Uno. Competencia de tríada. Cuando los tres principales partidos compiten con expectativas consideradas como probables por la ciudadanía (Maldonado y Canelones, ambos en 2000; Rivera 2000, 2005 y 2010; lo importante es que la campaña se inicie con la percepción de que los tres tienen probabilidades ciertas, aunque luego el escenario devenga en binaria)

Dos. Competencia binaria. Cuando la ciudadanía percibe la probabilidad de triunfo de un lema entre dos, y descarta como improbable un tercero. Es el modelo dominante.

Tres. Ausencia de competencia interpartidaria y de competencia intrapartidaria. Cuando un partido es visto como dominante y con probabilidades totales de triunfo. Pero además este lema dominante presenta candidato único y la competencia se reduce a la disputa de bancas en la Junta Departamental (Montevideo 2000, 2005 y 2010)

Cuatro. Ausencia de competencia interpartidaria y concentración de la competencia al interior del partido dominante, es decir, cuando hay dos o tres candidatos en ese partido dominante.

Este último modelo es el que merece detenerse. La percepción de que un lema es dominante es de carácter subjetivo: la gente percibe eso, lo siente, con independencia de datos objetivos. Cuando la ciudadanía asume la percepción de que no hay disputa interpartidaria y es un solo lema el que tiene probabilidades de ganar, la competencia se traslada al interior del lema dominante. Pasa a ser una elección personalizada entre los dos o tres candidatos de dicho partido, o los dos más fuertes de tres. Pero además se genera una profecía autocumplida: la gente cree que ese partido es dominante en términos de la elección departamental y su creencia devenida en conducta, produce que ese partido pase a ser dominante: la creencia o profecía se cumple por sí misma.

El fenómeno entonces es el siguiente: los otros dos partidos ven reducido su electorado a un mínimo compuesto por sus votantes de acero, mientras que los votantes menos acérrimos, más los electores independientes, todos ellos concentran su voto en la disputa interna del partido dominante.

Un primer resultado es la fenomenal elevación del voto hacia ese partido desde la elección nacional a la siguiente departamental del mismo ciclo. Para ello conviene ver los siguientes datos (porcentajes sobre el total de votos válidos), todos ellos ocurridos en relación al lema Partido Nacional

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La tabla confirma la tesis de que se produce la concentración del electorado en el partido que es visto como dominante en la competencia por el gobierno departamental, y que la disputa requiere la competencia entre al menos dos figuras potentes. En 8 de los 11 casos señalados el incremento del lema dominante fue no menor al 20% del total del electorado y llegó a ser hasta un 38%. El partido dominante nunca bajó del 57% y llegó a captar el 77%. En el promedio de las once elecciones consideradas, el partido dominante obtuvo en octubre menos de la mitad del electorado (44%) y captó adicionalmente otro 25% del electorado, con lo que alcanzó en promedio el 69%.

Datos como el de San José en 1999-2000 permiten observar que la percepción de que el lema es dominante no se sustenta en criterios objetivos, sino en un sentido inmaterial de la gente, en el olfato: con el 34% de los votos en octubre y casi paridad con el Frente Amplio y el Partido Colorado (cada uno con el 33%), la sociedad josefina consideró que el lema dominante era el Partido Nacional, que allí se disputaba en realidad la Intendencia y -profecía autocumplida- allí concentró el voto: 72% del total de los votos válidos del departamento de San José.

Dicho en términos menos académicos: salvo los colorados que lloran por los Mártires de Quinteros y los frenteamplistas con las mejillas de rojo, azul y blanco, todos los demás colorados y frenteamplistas votan dentro del Partido Nacional, porque lo que desean es dirimir la disputa binaria (esa especie de balotaje) entre los únicos dos candidatos con probabilidades ciertas de alcanzar la titularidad del gobierno departaemental. En este panorama el Frente Amplio en Montevideo tiene ante sí -y todo indica que hay casi consenso al respecto, con tan solo la oposición de una de las grandes corrientes- en ir en una triple candidatura. Si el FA presenta un abanico, con al menos dos candidatos potentes, puede jugar simbólicamente de gobierno y oposición, del que defiende la actual gestión y de quien -sin hacer crítica abierta- hace una campaña centrada en todo lo que hay que hacer, en todo lo que no se ha hecho. O más sofisticadamente, puede tener dos o tres candidatos oficialistas estratégicos (en cuanto a defender los grandes logros -reales o presuntos, no importa- de un cuarto de siglo de gobierno capitalino) y desprenderse de los rechazos de la población a la última o las dos últimas gestiones.

Así se reproduciría el esquema de partido dominante que lleva al elector independiente a concentrar su voto en el único lema al que da probabilidades, a fin de escoger efectivamente a la persona del intendente. Entonces, todo depende de que el FA elija el camino que le puede asegurar retener el gobierno departamental, por la doble vía de ir a la triple candidatura y escoger al menos dos candidatos potentes y renovadores.


1 La anterior fue en las elecciones de 1958, única vez en toda la historia nacional en que el Partido Nacional ganó el gobierno departamental de Montevideo