16 Ago. 2015

De derechos humanos y laborales

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Lo que a la dirigencia sindical le costó entender fue que su procedimiento, habitual, casi rutinario, automático, aplicado esta vez a un tema de derechos humanos, chocaba con la sensibilidad de colectivos sociales que hacen de estos derechos una cuestión fundamental. Se topó con el clamor de entidades de fuerte predicamento o prestigio en la izquierda misma, entre ellas la propia Universidad de la República y la novel Institución Nacional de Derechos Humanos. Y se topó asimismo con el disgusto fuerte de trabajadores de distinto tipo y lugar, militantes incluidos....


Los sucesos ocurridos en el Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente (SIRPA) hicieron aflorar dudas y contradicciones en la dirigencia sindical, y el riesgo de aislamiento ante la reacción de la Universidad de la República, la Institución Nacional de Derechos Humanos, Amnistía Internacional y varias organizaciones no gubernamentales vinculadas al tema de los derechos humanos. Como se sabe, fuera de toda duda, un número reducido de internos recibió una golpiza por parte de un número varias veces mayor de funcionarios, y uno de esos internos fue duramente agredido estando en el suelo.

Hace algo más de dos décadas comenzó un giro conceptual del movimiento sindical uruguayo. Durante más de un siglo la ideología dominante fue la del sindicalismo de tipo clasista, es decir, el representante histórico o sociológico de una clase social, en su lucha estratégica contra otras clases menos numerosas y más significativas. A esta concepción se confluyó desde el pensamiento marxista leninista, marxista no leninista y anarco-sindicalista. En dos décadas, sin cambio oficial de discurso, la praxis giró hacia un sindicalismo preponderante o casi exclusivamente economicista, es decir, basado en las reivindicaciones inmediatas, el accionar de tipo corporativo y, consecuentemente, la defensa corporativa de los representados o asociados. En principio, la lógica de los sindicatos ha sido la defensa apriorística e irrestricta de cada sindicalizado o, en forma más amplia, de cada asalariado integrante del colectivo representado por el respectivo órgano sindical. Esta concepción llevó al sindicato del Instituto del Niño y del Adolescente del Uruguay (INAU) a la defensa automática y apriorística de los funcionarios que actuaron en la golpiza, o estuvieron presentes en la misma. Esta postura fue sostenida asimismo por la Confederación de Organizaciones de Funcionarios del Estado (COFE). Y a nivel del PIT-CNT generó una discusión y una parálisis que impidió a la cabeza del sindicalismo uruguayo reaccionar con claridad y rapidez. En el centro de la tormenta quedó uno de los vicepresidentes de la central sindical, a su vez referente de COFE, José Lorenzo López.

Lo que a la dirigencia sindical le costó entender fue que su procedimiento, habitual, casi rutinario, automático, aplicado esta vez a un tema de derechos humanos, chocaba con la sensibilidad de colectivos sociales que hacen de estos derechos una cuestión fundamental. Se topó con el clamor de entidades de fuerte predicamento o prestigio en la izquierda misma, entre ellas la propia Universidad de la República y la novel Institución Nacional de Derechos Humanos. Y se topó asimismo con el disgusto fuerte de trabajadores de distinto tipo y lugar, militantes incluidos. También le costó entender que no funcionaba el poner la culpa afuera, aunque tuviese lógica el atribuir el momento elegido para difundir el video como un intento de ataque al paro general, o de distracción sobre los efectos del paro general. Lo que estaba fuera de lugar no fue el exhibir la suspicacia legítima sobre el cuándo de la aparición de la denuncia. Lo que quedó fuera de lugar fue el no entender que la gravedad de los sucesos iban más allá de la real o presunta maniobra de los denunciantes. Lo que aquí importaba eran los hechos en sí mismos. Y los hechos apuntaban hacia la necesidad de una rápida condena y una pronta separación de los dirigentes sindicales cuestionados.

Así fue como el movimiento sindical se encontró simultáneamente con un momento de gloria y un momento de ajenidad a la sociedad y a la izquierda. El momento de gloria está más allá de dudas: guste o disguste a cada quien, el paro general del 6 de agosto tuvo un acatamiento extraordinario y puede considerarse uno de los más relevantes de los últimos diez años. Este momento de gloria se expandió con los anuncios desde el gobierno (Vázquez, Murro) que fueron entendidos como una flexibilización de las pautas salariales. Pero paralelo al éxito por la confrontación económica estuvo la afectación por el manejo inadecuado de los sucesos del SIRPA. No solo tardó en encontrar una salida, sino que ella fue tímida, con lógica internista. Buscó reducir costos a la interna de la dirigencia sindical, al precio de agravar los costos externos, especialmente en relación a los sectores preocupados por los derechos humanos.

Llama la atención la contradicción en el manejo comunicacional. La comunicación para fomentar el acatamiento al paro general fue de un nivel extraordinario, de alta penetración y gran eficacia. En relación al tema del SIRPA fue torpe. ¿A quién se le puede ocurrir que era una solución exaltar la sensibilidad de “Joselo” López por pedir licencia a su cargo de vicepresidente del PIT-CNT, cuando esa licencia fue producto de un duro forzamiento y no alcanzó a sus cargos en COFE y en INAU? El movimiento sindical uruguayo fue siempre un actor político relevante, especialmente a partir de su unificación en un proceso que va desde 1964 a 1966-67. Y a pesar de que ahora domine la mentalidad de tipo corporativo, su papel no solo no ha disminuido sino aumentado por la presencia de la izquierda en el gobierno y por la forma en que los dirigentes interactúan en el campo político-partidario y en el campo sindical. Por tanto, lo que haga o deje de hacer va a ser leído por la sociedad y por el conjunto de los trabajadores, en clave política y en clave societal, no solo en clave gremial.

Además, como pasa en el terreno político de la izquierda, es bueno que los grandes referentes históricos no tengan como destino quedar grabados en chapas de bronces, o en el olvido. Se los tome de ejemplo. Para el tema de marras, dos nombres: José D'Elía para la central sindical, Luis Iguini para COFE.