26 Ene. 2019

El sutil recorrido eleccionario

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Una complejidad adicional: las elecciones de junio son de voto voluntario, las de octubre y noviembre son de voto obligatorio […] en de voto obligatorio el objetivo es convencer a los votantes (…) en la de voto voluntario, hay un doble objetivo: obviamente el de convencer y además el de motivar (a concurrir). (En todas las etapas aparec) el juego de tener que diferenciarse de otro conjunto de competidores, sin romper puentes, porque son necesarios para la etapa sucesiva


En cada etapa el actor político debe evitar obtener victorias pírricas

Un sistema electoral triplemente complejo1, exige a los actores políticos estrategias muy refinadas y tácticas muy refinadas. Cabe recordar que a nivel presidencial en Uruguay no hay estrictamente un sistema a dos vueltas sino a tres, no hay precisamente un balotaje sino un single elimination-brackets o play off; el voto es conjunto para todos los cargos de un mismo nivel (en el caso a analizar, nacionales); y a la competencia interpartidaria se superponen competencias intrapartidarias e intrafraccionales. Y cabe recordar que todo se desarrolla en tres etapas, que culmina cada una el último domingo de junio (30), octubre (27) y noviembre (24). Con una complejidad adicional: las elecciones de junio (nacionales internas) son de voto voluntario, las de octubre y noviembre (elección nacional global y elección de definición presidencial final) son de voto obligatorio o compulsivo.

La primera diferencia sustancial -para todos los actores de todos los niveles, ya fuere presidencial, senatorial o diputacional- es que en las elecciones de voto obligatorio el objetivo es convencer a los votantes. En cambio, en la elección de voto voluntario, hay un doble objetivo: obviamente el de convencer y además el de convocar o motivar; el votante no solamente debe estar convenido de votar un partido, un candidato y una lista, sino que además debe ser motivado a que vaya a votar. Ya en los primeros estudios uruguayos en el estreno del nuevo sistema, hacia las elecciones de 1999 se evidenció un dato claro, en consonancia con los estudios comparados, como cuál es el método de decisión del voto en la ecuación opción-motivación.

Un razonamiento simple puede llevar a pensar que el elector primero decide si va o no va a votar, y en caso de decidir concurrir a votar, recién en este segundo paso entra a definir su voto. Los estudios demuestran que en la abrumadora mayoría de los casos, en sistemas competitivos basados en sistemas de partidos consolidados, las dos definiciones se toman al menos en paralelo: por un lado se define la preferencia de voto y por otro lado se decide si se concurre o no. Por lo tanto, hay una masa muy grande (puede situarse muy por encima del 80% y a veces hasta superar el 90%) que tiene perfectamente claro su voto: a qué partido, quizás con alguna duda mayor a cuál figura presidencial y más o menos en el mismo nivel a qué lista.

Por otro lado, al menos en paralelo y a veces a posteriori, toma la decisión de concurrir o no a votar. Esta decisión se toma muchas veces el mismo día, ya que una persona con predefinición de ir a votar, en el momento de concretar el acto puede desistir del mismo. Cabe observar que los organizadores de fiestas y eventos manejan cifras standard respecto al porcentaje de personas que confirman la asistencia y luego faltan. No es que el individuo mienta, sino que a partir de una decisión primaria de concurrir, puede encontrar elementos que lo lleven a desistir (desde causas de fuerza mayor hasta la simple desidia). Sin duda la motivación existente opera como un antídoto, al menos parcial, a la desidia.

Conviene ver el refinamiento que es necesario tanto desde el punto de vista estratégico como desde el punto de vista fraccional, el mayor de todo para los actores de nivel presidencial. En calidad de precandidato presidencial su objetivo es ganar la candidatura a sus rivales internos. Pero debe tener presente que esos rivales, una vez derrotados y con mucha probabilidad como cabezas o auspiciantes de listas senatoriales, deben darle su apoyo, y hacerlo de manera convencida y con entusiasmo. Por tanto, debe marcar las diferencias son sus rivales, pero no al punto de romper amarras. Además unos y otros deben tener presente que todos los argumentos negativos hacia sus rivales, se constituyen a partir de julio en municiones para sus competidores externos. Y además debe administrarse sabiamente tanto la victoria como la derrota. Por tanto, el juego es muy sutil: requiere un camino para ganar esas elecciones sin que se transforme en una victoria pírrica, lo que no es una posibilidad teórica, sino que ya ha ocurrido en este país al menos en tres oportunidades y en los tres partidos principales, por lo que no es una característica o defecto de un solo partido.

Hacia las elecciones nacionales globales se repite la historia en forma parecida y no igual. El objetivo normal es pasar a la definición final (al “balotaje”, a la última llave del single-elimination brackets); de manera excepcional es obtener la Presidencia de la República en esa instancia (ocurrió una sola vez en cuatro oportunidades, y por ahora no hay probabilidades de que se repite en este ciclo electoral). Sin embargo, no se abre un camino sino dos: el camino que permite ver que para ganar en la definición final se requiere de manera imprescindible el apoyo de otros partidos y el camino de disputar la final con sus solas fuerzas y con la búsqueda de convocatoria a votantes de otros partidos. Son dos estrategias diferentes. En el primer caso reaparece el juego de tener que diferenciarse de otro competidor u otro conjunto de competidores, sin romper puentes, porque son necesarios para la etapa sucesiva. En el segundo caso se pueden romper puentes con los candidatos y dirigentes principales de los otros partidos, pero no afectar la sensibilidad de sus votantes, en particular de lo votantes de frontera, a los que pudiesen hacer un cambio de campo. Y este presidenciable se asienta en un conjunto de fracciones, con sus diferencias, a las que tiene que reflejar al menos en parte. No puede escorarse hacia un lado, con el riesgo de hacer sentir a alguna fracción que el candidato no lo representa. Esa acción de reflejo puede hacerse mediante la síntesis (buscar un mínimo común denominador) o mediante el péndulo (en el desplazamiento hay siempre un momento en que coincide plenamente con una de las fracciones)


1 Ver “El complejo camino al gobierno”, El Observador enero 19 de 2018